¿Instrumentos o Agentes? El Equilibrio entre la Sumisión y el Compromiso Anheloso Dentro del Plan del Padre Celestial

¿Instrumentos o Agentes?

El Equilibrio entre la Sumisión y el Compromiso Anheloso Dentro del Plan del Padre Celestial

Por Lloyd D. Newell

Cuando la mayoría de las personas que hablan el inglés usan la palabra agency, [en español: agencia, institución u organismo] puede ser que estén pensando en una institución del gobierno, tal como la Agencia de Protección del Ambiente, o en un negocio, tal como una agencia de publicidad o una agencia de seguros. Pero para los Santos de los Últimos Días, la palabra agency tiene otro significado, mucho más interesante y espiritual—uno que parece ser exclusivo del mormonismo—y que no se encuentra en la mayoría de los diccionarios. [1]

El concepto del albedrío como el privilegio que Dios nos dio para decidir y actuar por uno mismo es tan importante para el evangelio restaurado de Jesucristo que el Presidente David O. McKay lo llamó el “don más grande del hombre en la vida mortal.” [2] Además declaró: “Después de concedernos la vida misma, el derecho de dirigir esa vida es el don más grande que Dios le ha dado al hombre. . . . La libertad de elección se debe atesorar más que cualquier posesión que la tierra pueda dar. Es inherente en el espíritu del hombre. Es la fuerza impulsora del progreso del alma. El propósito del Señor es que el hombre llegue a ser como Él. Para que el hombre pudiera lograrlo, fue necesario que el Creador lo hiciera libre.” [3]

Nuestro conocimiento del don y del principio del albedrío aumenta nuestra perspectiva y alegra nuestro corazón. Como Jacob lo declaró al pueblo de su época: “Anímense, pues, vuestros corazones, y recordad que sois libres para obrar por vosotros mismos, para escoger la vía de la muerte interminable, o la vía de la vida eterna” (2 Nefi 10: 23).

Aún así, a pesar de su importancia en el plan del Padre para sus hijos, (o quizás por eso),  con frecuencia la verdad acerca del albedrío o la libertad para elegir es mal interpretada—en el mundo en general—y aún entre creyentes los Santos de los Últimos Días. Este artículo explora un elemento de esta mala interpretación: la interacción y la aparente contradicción entre: la mansedumbre, sumisión y confianza necesarias en los discípulos de Jesucristo, y la firmeza activa y audaz  implícita en el principio del albedrío. ¿Podría ser que Dios desea que desarrollemos las dos?

Instrumentos en Sus Manos

En las escrituras se usa una variedad de metáforas para describir los distintos aspectos de nuestra relación con Dios. Por ejemplo, El Libro de Mormón compara a los siervos del Señor a “instrumentos” en sus manos. Dicho término se le aplica con mayor frecuencia a Alma hijo y a los hijos de Mosíah, quienes lograron cosas extraordinarias en la obra del Señor pero que con prontitud redujeron sus propias capacidades y le atribuyeron su éxito al Señor. Por ejemplo, Ammón dijo: “No me jacto de mi propia fuerza ni en mi propia sabiduría. . . . Sí, yo se que nada soy; en cuanto a mi fuerza, soy débil; por tanto, no me jactaré de mí mismo, sino que me gloriaré en mi Dios. . . . y hemos sido instrumentos en sus manos para realizar esta grande y maravillosa obra” (Alma 26: 11-12, 15). [4]

Esta metáfora enfatiza la dependencia del hombre en Dios y la sumisión a Su voluntad. Un instrumento no actúa por sí mismo; no puede componer música o efectuar ningún trabajo de su propia voluntad. Obediente y pasivamente lleva a cabo la voluntad de quien lo controla. Citando  la imaginería de Isaías: “¿Se jactará el hacha contra el que con ella corta? ¿Se exaltará la sierra contra el que la mueve? ¡Como si el bastón levantase a los que lo levantan! ¡Como si levantase la  vara al que no es leño!” (Isaías 10: 15).

El concepto de nuestra relación con Dios está de acuerdo con varias escrituras más:

Implora a Dios todo tu sostén. . . . Consulta el Señor en todos tus hechos, y él te dirigirá para bien. (Alma 37: 36-37)

 

Confía en Jehová con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia.

(Proverbios 3: 5)

 

Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dice Jehová.

Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos. (Isaías 55: 8-9)

 

. . . y se vuelva como una niño: sumiso, manso, humilde, paciente, lleno de amor y dispuesto a someterse a cuanto el Señor juzgue conveniente imponer sobre él, tal como un niño se somete a su padre. (Mosíah 3: 19)

De hecho, el Salvador mismo usó un lenguaje semejante para describir su relación con el Padre al decir: “No puedo yo hacer nada por mí mismo. . . . porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del Padre, que me envió” (Juan 5: 30).  “. . . . porque yo hago siempre lo que a él le agrada” (Juan 8: 29). Desde muy temprana edad, y durante toda su vida, Cristo siempre “est[uvo] en los asuntos de [Su] Padre” (Lucas 2: 49). Y, más conmovedoramente, cuando tembló a causa del dolor “y deseara no tener que beber la amarga copa” (D y C 19: 18), humildemente dijo: “pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22: 42).

Sus Propios Agentes

Además, de manera interesante, junto con las escrituras que promueven la humilde sumisión a la voluntad de Dios, encontramos pasajes como estos:

Porque he aquí, no conviene que yo mande en todas las cosas; porque el que es compelido en todo es un siervo perezoso y no sabio; por tanto, no recibe galardón alguno

De cierto os digo que los hombres deben estar anhelosamente consagrados a una causa buena, y hacer muchas cosas de su propia voluntad y efectuar mucha justicia;

porque el poder está en ellos, y en esto vienen a ser sus propios agentes. Y en tanto que los hombres hagan lo bueno, de ninguna manera perderán su recompensa (D y C 58: 26-28)

 

Y el Mesías vendrá en la plenitud de los tiempos, a fin de redimir a los hijos de los hombres de la caída. Y porque son redimidos de la caída, han llegado a quedar libres para siempre, discerniendo el bien del mal, para actuar por sí mismos, y no para que se actúe sobre ellos. (2 Nefi 2: 26)

Cuando el Señor se refiere a nosotros como “agentes” para actuar por nosotros mismos y no para que se actúe sobre nosotros, está enfatizando nuestra independencia y  capacidad para el crecimiento personal. Parece que está motivando la audacia y la firmeza; cualidades que son contrarias a la sumisión humilde caracterizada por un “instrumento”que depende totalmente de Dios. Un agente es alguien en quien se confía para actuar y tomar decisiones; por lo contrario, se espera que un instrumento confíe en su maestro y lleve a cabo lo que él decida.

Las  aparentes contradicciones como esta, pueden causar confusión en algunas personas con respecto a la naturaleza verdadera del albedrío. Algunos preguntarían ¿Cómo podemos estar anhelosamente consagrados y hacer muchas cosas de nuestra propia voluntad y aún así consultar al Señor y ser dirigidos por Él en todo lo que hacemos? ¿Cómo puede una persona usar su libre albedrío y a la vez ser sumiso y depender de Dios? ¿Cómo es posible ser un instrumento sumiso y un agente proactivo?

Paradojas como estas no deben atemorizarnos porque el evangelio tiene muchas. Cada vez que dos verdades del evangelio parecen contradecirse, es simplemente una indicación de que nuestro entendimiento mortal es limitado; lo cual también indica que ¡existe la oportunidad para mayor entendimiento! John W. Welch dijo: “Debido a que sabemos que debe haber oposición en todas las cosas, el pensamiento SUD armoniza continuamente las paradojas tradicionales. El mundo ha tenido guerras para saber si somos salvos por la fe o por las obras. Nosotros decimos pacíficamente, ‘Por ambas.’ La gente discute si es que aprendemos por el estudio o por la fe. Decimos confiadamente, ‘Por ambas.’ [5] A la pregunta de que si Dios quiere que nos sometamos humildemente a Su voluntad o que ejerzamos activamente nuestra propia voluntad, también podríamos decir, “¡Ambas cosas!”

Por supuesto, al adversario le gustaría que no entendamos bien esto y que erremos ya sea en uno o en el otro lado. Esta es una de sus tácticas más eficaces—si no puede convencernos de aceptar una doctrina falsa, podría persuadirnos a llevar al extremo una doctrina verdadera— el resultado es el mismo. Así que, por ejemplo, si dependemos totalmente del Señor en nuestra vida diaria, corremos el riesgo de sufrir parálisis para tomar decisiones, apatía o indolencia. Y si confiamos demasiado en nuestro entendimiento, corremos el riesgo del orgullo, la autosuficiencia y graves errores de juicio. Ambos extremos en el péndulo del albedrío nos pueden llevar al engaño, a la amargura, al resentimiento y al enojo. A lo largo del curso de la vida, es nuestra responsabilidad encontrar el equilibrio correcto en todo momento.

La clave para solucionar esta paradoja es vencer dos tendencias humanas equivocadas. Una es la tendencia a oponernos a los mandamientos porque sentimos que limitan nuestro albedrío. La otra es la tendencia a resignarnos fácilmente a lo que percibimos como un destino pre determinado y que no podemos controlar.

La Obediencia a los Mandamientos ¿es Renunciar a Nuestro Albedrío?

Vivimos en un mundo en el que muchas personas ven los mandamientos o las reglas como grilletes que limitan y restringen nuestra libertad. La evidencia está por todas partes—es casi imposible crecer como Santo de los Últimos Días activo y no escuchar, al menos una vez durante la adolescencia, algo como esto: “¿Qué? ¿los mormones no pueden [pongan cualquier conducta contraria a las normas de la Iglesia]? ¡Tu Iglesia no te da libertad! ¡Yo puedo hacer lo que me guste, pero tú no!” Quizás sea más común para nosotros cuando seamos un poco mas viejos y estemos criando a nuestros propios adolescentes, que reaccionan a las reglas familiares con cosas como: ¡Papá [o Mamá]! ¡Me estás quitando mi libre albedrío!”

Cuando el élder Dallin H. Oaks fue el Presidente de BYU, solía escuchar los argumentos de los estudiantes en cuanto al código de honor o las reglas de vestir y la apariencia personal. Las quejas eran algo así como: “Está muy mal que BYU me quite mi libre albedrío al forzarme a obedecer ciertas reglas a fin de ser admitido o poder seguir siendo estudiante aquí.” El élder Oaks dijo: “Si ese razonamiento tonto fuera válido, entonces el Señor, que nos dio el albedrío, nos lo quitó cuando dio los Diez Mandamientos. Somos responsables de usar nuestro albedrío en un mundo de alternativas. No sería así si pretendiéramos que se nos ha quitado nuestro albedrío cuando no somos libres de ejercerlo sin las consecuencias desagradables.” [6]

Es un hecho que nadie puede quitarnos nuestro albedrío. Dios nos lo dio como parte de la condición de la mortalidad. El Presidente Joseph Fielding Smith escribió: “Este gran don del albedrío, o sea el privilegio que se le ha dado al hombre para tomar sus propias decisiones, no ha sido revocado, y nunca lo será. El dar libertad de pensamiento y de acción a toda alma es un principio eterno. . . . Sin el, no podría haber una existencia satisfactoria.” [7]

En realidad, cuando Dios nos da un mandamiento, realmente nos está dando la oportunidad de ejercer nuestro albedrío, al obedecer o no, al acercarnos a Dios o al alejarnos de Él. Esas opciones no están disponibles para nosotros si no tenemos mandamientos. El albedrío solamente se puede ejercer cuando las opciones alternativas son posibles y atractivas y está presente la oposición (ver 2 Nefi 2:16; D y C 29:39).

Afortunadamente, no se nos ha dejado solos, sin ayuda o a que vaguemos por nuestra cuenta. Tenemos el Espíritu para guiarnos, tenemos las escrituras y las enseñanzas de los apóstoles y profetas, y tenemos los ejemplos de hombres y mujeres santos que nos pueden instruir al mostrarnos su recto vivir. El Presidente Henry B. Eyring dijo: “Dios ha enviado siervos terrenales que, mediante el Espíritu Santo, nos ayudan a reconocer lo que Él quiere que hagamos y lo que Él prohíbe. Dios hace atractivo el escoger lo bueno al permitirnos sentir los efectos de nuestras decisiones. Si escogemos lo bueno, con el tiempo, sentiremos felicidad. Si escogemos lo malo, con el tiempo, vendrán el pesar y el remordimiento. Esos efectos son seguros” [8]

Lehi se lo explicó a su familia de esta forma: “ Si decís que no hay ley [que es lo muchas personas dicen hoy día], decís también que no hay pecado. [¿Les suena esto como relativismo moral?] Si decís que no hay pecado, decís también que no hay rectitud. [Si nada es malo, ¿por qué pedimos el crédito si escogemos lo bueno? Nada es malo o bueno.] Y si no hay rectitud, no hay felicidad. . . . [Pueden ver como ésto está sacando de control a los relativistas morales.] Y si estas cosas no existen, Dios no existe” (2 Nefi 2:13).

¿Por qué? Porque todo poder opera de acuerdo a la ley. El élder D. Todd Christofferson lo explicó de esta manera: “Las cosas suceden debido a la operación de las leyes. Al usar u obedecer una ley, uno puede obtener un resultado particular—y por la desobediencia, se obtiene el resultado opuesto—. Sin ley no podría haber Dios, porque Él no tendría poder para hacer que algo suceda.” [9]

De hecho, la opción así como la oposición son necesarias para crecer y progresar. No podemos ser fieles y leales a menos que tengamos esa oportunidad. De igual manera, no podemos ser morales, misericordiosos, de corazón amable o capaces de perdonar, sin haber vencido las circunstancias que podrían haber causado una reacción opuesta. No puede existir la rectitud a menos que haya la iniquidad; por tanto, todos los atributos de la Deidad tienen su opuesto. Desarrollamos los atributos de la Deidad al escoger libremente la rectitud.

Aquí es donde entran los mandamientos. Lejos de limitar nuestras opciones, los mandamientos las aclaran. Así lo dijo el Señor a los primeros Santos: “. . . . os doy un mandamiento nuevo para que entendáis mi voluntad concerniente a vosotros; o en otras palabras, os doy instrucciones en cuanto a la manera de conduciros delante de mí, a fin de que se torne para vuestra salvación” (D y C 82: 8-9).  Esta es la forma en que Dios ve sus mandamientos: como una revelación para nosotros concerniente a Su voluntad. Sin los mandamientos, somos esclavos de la ignorancia acerca de la voluntad de Dios. De eso nos libran los mandamientos.

Y eso es lo que le dio a Cristo su poder—el hecho de que obedeció perfectamente las leyes de Dios—siempre. Un doctor que entiende y obedece las leyes de la biología humana tiene el poder de sanar a una persona de la enfermedad física. Un organista que entiende las leyes que gobiernan la forma de manejar los sonidos que salen del órgano del Tabernáculo de Salt Lake, tiene el poder de crear música hermosa con dicho instrumento. Alguien como yo que no entiende esas leyes tiene una libertad muy limitada y solamente produce sonidos irritantes con ese órgano. Pero yo podría aprender dichas leyes, y si lo hago, aumentará mi libertad al respecto.

De igual manera, el seguidor de Cristo que entienda las leyes de Dios tiene el poder de llegar a ser como Dios. “Lo que es de Dios es luz; y el que recibe luz y persevera en Dios, recibe más luz, y esa luz se hace más y más resplandeciente hasta el día perfecto” (D y C 50: 24). Esa es la libertad final, y es la esencia del plan del Padre para nuestro crecimiento y progreso eternos.

Satanás tiene una meta opuesta. Quiere que recibamos menos y menos luz y verdad, lo que nos mantendría en la ignorancia de las leyes de Dios, lo que hará que el rango de opciones sea más y más estrecho hasta que estemos totalmente en su poder; en la obscuridad. Y como Alma lo explicó: “Y a los que endurecen sus corazones les es dada la menor porción de la palabra, hasta que nada saben concerniente a sus misterios; y entonces el diablo los lleva cautivos y los guía según su voluntad hasta la destrucción. Esto es lo que significan las cadenas del infierno” (Alma 12:11). Ese es el máximo cautiverio. Esto es el por qué el Salvador dijo: “Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8: 31-32).  Otra vez cito al élder Christofferson:

La belleza del evangelio de Jesucristo consiste en que derrama conocimiento a nuestras almas y muestra las cosas en su verdadera luz. Con esa mejor perspectiva, podemos discernir más claramente las opciones, y sus consecuencias, que se nos presentan. Por tanto, podemos hacer un uso más inteligente de nuestro albedrío. . . . A medida que crece nuestro conocimiento de la doctrina y los principios del evangelio se expande nuestro albedrío. Primero, tenemos más opciones y podemos realizar más y recibir mayores bendiciones debido a que tenemos más leyes que podemos obedecer. . . . Segundo, con un conocimiento agregado podemos hacer decisiones más inteligentes porque vemos más claramente no sólo las alternativas sino también sus posibles resultados. [10]

De igual forma, cuando decidimos someter nuestra voluntad a la del Padre al obedecer Sus mandamientos e instrucciones, no estamos renunciando a nuestro albedrío sino expresándolo—de la manera más noble y alta posible—.  El élder Neal A. Maxwell enseñó que este tipo de sumisión “no es ni resignación fatalista ni un mero darse por vencido, sino mas bien un deliberado esfuerzo por avanzar. . . .  la consagración no es aceptación pasiva con un encogimiento de hombros, sino en cambio es preparar los hombros para soportar mejor un yugo un poco mas pesado.” [11]

Así que cuando el Salvador dijo: “pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” no se estaba dando por vencido sino que ¡se estaba elevando! No estaba abandonando su propia voluntad sino que la estaba alineando—como lo había hecho desde la pre-mortalidad y durante toda su vida—a la voluntad de Su Padre. Esto es lo que Dios quiere de nosotros también: que no tiremos nuestra propia voluntad y aceptemos pasivamente la suya, sino que cambiemos nuestra voluntad hasta que activa, apasionada y entusiastamente deseemos lo que Él desea.  Muy apropiadamente en las escrituras se le describe como una “lucha”—no con Dios sino con nosotros mismos—para alinear nuestra voluntad con la suya (véase Enós 1:2; Alma 8:10; Génesis 32:24). Necesitamos la fuerza y el poder que resultan de esta lucha. Es el único modo en que tendremos la fuerza  suficiente para seguir fieles y para defender Su voluntad frente a la oposición intensa—también se debe convertir en nuestra voluntad—.

Esta verdad eterna es la que inspiró a Carl S. Lewis a escribir estas palabras: “No valdría la pena crear un mundo de autómatas—criaturas que trabajaran como máquinas—. La felicidad que Dios diseña para sus criaturas más elevadas es la felicidad de estar libre y voluntariamente unidos a Él y a los demás en un éxtasis de amor y deleite que comparado con el más embelesado  amor entre un hombre y una mujer en esta tierra, solamente es leche y agua. Y para lograrlo deben ser libres.” [12]

¿Cuánto Controla Dios Nuestras Vidas?

Aunque algunas veces nos oponemos a los mandamientos porque equivocadamente creemos que se limita nuestro albedrío, en otras ocasiones parece ser que tenemos el problema opuesto—renunciamos de inmediato a nuestro albedrío—porque equivocadamente sobre estimamos lo que está fuera de nuestro control.  Esta actitud se manifiesta, por ejemplo, en la actitud de derrotismo en la cual buscamos culpar a nuestras circunstancias, o a nuestros genes o a otras personas por nuestras decisiones.

A menudo el blanco de esta culpa es el adversario mismo. E irónicamente, es probable que él acepte con gusto esta culpa, porque si creemos que el diablo puede hacer que pequemos, entonces le es muy fácil convencernos de que no tenemos la capacidad para mejorar. Esta directa contradicción  a la declaración de Dios: “El poder está en ellos” (D y C 58:28), es una forma en la que Satanás trata de “destruir el albedrío del hombre” (Moisés 4:3).

Estamos en la mortalidad para escoger libremente la rectitud, sin coerción ni fuerza. La verdad es que el diablo no puede compelirnos a escoger el mal, así como Dios no forzará a nadie para ir al cielo. El Profeta José Smith dijo: “Por lo general, se culpó a Satanás por los males que hicimos, pero si él fuera la causa de de toda nuestra iniquidad, los hombres no serían condenados. El diablo no puede compelir a la humanidad a hacer lo malo, todo fue voluntario. Quienes se resisten al Espíritu de Dios, son responsables por ser llevados a la tentación, entonces,   la asociación del cielo se retira de quienes rechazan el ser partícipes de tan gran gloria—Dios no ejercería ningún medio de compulsión y el Diablo tampoco podría; y fueron absurdas tales ideas que muchos consideraron [en estos temas].” [13] En todos los mandatos y en las expectativas de Dios, así como en las tentaciones del adversario, somos libres para actuar por nosotros mismos y para elegir libremente.

Sin embargo, es interesante, que así como culpamos demasiado al diablo por nuestros pecados, también podemos colocar en Dios demasiada responsabilidad por nuestra salvación. [14] Por eso, los Santos de los Últimos Días no creen en el destino o la predestinación. No estamos sujetos a un respuesta o a un destino predeterminados. Tomamos decisiones de forma tal que pueden alterar para siempre nuestro curso. La Encyclopedia of Mormonism explica la perspectiva de los Santos de los Últimos Días:

El destino, como se interpreta usualmente, es la antítesis de la auto-determinación y la responsabilidad. Los Santos de los Últimos Días rechazan, en base a las escrituras, todos los llamados a la ‘causa previa’ ya sea como “el destino,” “las estrellas,” “la casualidad,” o hasta la predestinación del hombre por Dios. El destino en estas formas es el resultado anticipado de la vida de uno. En vez de eso, el hombre es visto como que tiene autonomías y habilidades innatas—el don del albedrío—que la divinidad garantiza a todos los hombres: “Yo, Dios el Señor, os hago libres; por consiguiente, sois verdaderamente libres; y la ley también os hace libres” (D y C 98: 8; comparar con 2 Nefi 2: 25-27; Alma 12:31; Moisés 4:3). Las personas son libres para escoger la obediencia o la desobediencia, el bien o el mal,  en casi todos los aspectos de sus vidas, y son responsables por sus decisiones. La creencia de que todo esta destinado, ahoga, suprime y retrasa el posible crecimiento y progreso de los hijos de Dios. . . . El evangelio de Jesucristo abre, para toda la humanidad, la oportunidad de elevarse por encima del destino casual en esta vida y elegir la vida eterna con Dios. [15]

El Apóstol Pablo enseñó que Dios “pagará a cada uno conforme a sus obras” y que “no hay acepción de personas para con Dios’ (Romanos 2: 6, 11). De igual manera, debemos “eleva[r] hacia [Dios] todo pensamiento” (D y C 6: 36), porque no podemos salvarnos a nosotros mismos o lograr nuestra salvación. Pero tampoco puede Dios redimir a alguien sin el esfuerzo y la colaboración de esa persona. Todos somos libres para aceptar o rechazar la ayuda de Dios y de los poderes de la redención. [16] Por esta razón, es peligroso decir “todo sucede por algo” o “todo era parte del plan” debido a que eso podría implicar que todo lo que sucede va de acuerdo a la voluntad de Dios. Pero eso no concuerda con las escrituras, la doctrina o la experiencia personal. No todo está decidido para nosotros.

Nuestro Padre es un Dios de orden. Él ha creado los sistemas, estructuras y principios que gobiernan las leyes de la naturaleza. Él no tiene que ordenar, cada mañana, que el sol salga o decidir a cada momento de todos los días en donde y cuando debe llover. Ciertamente Dios puede, y a menudo lo hace, intervenir en los eventos personales y del mundo. [17] Pero con frecuencia, Él decide no hacerlo, dejando que nosotros hagamos la decisión y enfrentemos las consecuencias naturales de nuestras acciones, tanto las buenas como las malas. Si Él fuera a manipular todos los detalles de nuestras vidas, interferiría con nuestro albedrío moral y nuestro crecimiento eterno.

Sin embargo, esto no significa que Dios esté alejado o distraído o que no se interese. De hecho, es verdaderamente asombroso cuanto se interesa nuestro Padre en los pequeños y simples momentos en la vida de Sus hijos. El élder Neal A. Maxwell testificó: “La influencia formativa de Dios se siente en los detalles de nuestras vidas—no solamente en los detalles de las galaxias y las moléculas— sino, de manera más importante, en los detalles de nuestras propias vidas. . . . De alguna forma Dios nos da estas enseñanzas personales a la vez que está supervisando los funerales y nacimientos cósmicos, porque cuando una tierra deja de ser, nace otra (ver Moisés 1: 38). Es maravilloso que Él nos atienda personalmente en medio de esos deberes cósmicos. . . . Pueden estar seguros de que Dios está en los detalles y en las sutilezas de los momentos de preparación que definen el discipulado. “ [18]

Sí, quienes son observadores pueden ver la mano de Dios en nuestras vidas de forma adaptada y personal. Pero el no mueve una vara mágica gigante o dice algunas palabras mágicas para cumplir sus propósitos. Más bien, cuando interviene, lo hace dentro de los límites de nuestro albedrío, y su propósito al hacerlo así es para darnos mejores oportunidades de ejercer nuestro albedrío.  Él intercede para enseñar, reprobar, inspirar, advertir, consolar y animar; no para controlar. Él no es el Gran Controlador que determina cada momento y cada evento de nuestras vidas. Está tan dedicado a nuestro desarrollo y felicidad personal que nos deja muchas de las decisiones y del trabajo. La rectitud debe ser escogida libremente. [19]  C. S. Lewis escribió:

Dios creó cosas para que tuvieran libre albedrío. Esto significa criaturas que pueden hacer lo bueno o lo malo. Algunas personas creen que pueden imaginarse a una criatura que fuera libre pero que no tenga la responsabilidad de equivocarse; yo no puedo. Si una cosa es libre para ser buena también es libre de ser mala. Y la libre voluntad es lo que ha hecho posible lo malo. ¿Por qué, entonces, les dio Dios el libre albedrío? Porque la libre voluntad, aunque hace posible lo malo, es la única cosa que hace que valga la pena tener el amor, la bondad o el gozo. . . . Si Dios piensa que este estado de guerra en el universo es un precio que vale la pena pagar por la libre voluntad—o sea, por crear un mundo vivo en el cual las criaturas puedan realmente hacer un bien o causar daño y que suceda  algo de importancia real, en vez de ser un mundo de juguete que solo se mueve cuando Él estira los hilos—entonces podemos aceptar que vale la pena pagarlo. [20]     

Esta verdad tiene implicaciones importantes cuando enfrentamos decisiones difíciles. Consideren la historia verdadera de una pareja que durante años había tratado de decidir si debían o no cambiar de casa. Cada vez que tomaron una decisión, poco tiempo después empezaron a dudar y decidieron no hacer nada. Varias veces casi se decidieron pero no pudieron tomar la decisión final de mudarse. Una ocasión, compraron un terreno, contrataron a un arquitecto para que hiciera los planos de la casa y preparara los planes de construcción. Pero, otra vez se retractaron y decidieron pensarlo más. Oraron sinceramente y buscaron el consejo del Señor; ayunaron y asistieron al templo con regularidad en busca de guía; pero no podían tomar la decisión final y seguir adelante. ¿Por qué que el Señor no les respondía?  Pensaron:  si debemos consultar al Señor en todo, por qué no  recibimos el testimonio de lo que debemos hacer y así poder tomar la decisión? ¿Acaso no estaban viviendo rectamente para que se les concediera la guía divina? O, ¿podría ser que a Dios no le importara realmente si se cambiaban o construían una nueva casa?

A menudo, en una oleada de obediencia. deseamos que el Padre Celestial simplemente nos diga que debemos hacer y con gusto lo haremos. Pero quizás este deseo sea inspirado no sólo por la disposición de obedecer sino también por no estar dispuestos a tomar la decisión y aceptar la responsabilidad de nuestras decisiones. Descubrimos que Dios quiere agentes que sean pro activos y que tomen la iniciativa, pero también quiere instrumentos sumisos y obedientes.

Cuando se trata de decidir acerca de la misión, el matrimonio, el tener hijos, qué carrera elegir, o cualquier otra decisión, grande o pequeña, a lo largo del sendero de la vida, debemos estudiarlo, investigar, ponderar y orar, buscar la guía y la paz del Señor, y seguir adelante. Algunas decisiones se hacen rápida y fácilmente, en tanto que otras toman mucho tiempo y deliberación. Algunas buenas decisiones deben hacerse y rehacerse muchas veces durante la vida. Algunas veces nos parece recibir una respuesta clara e inmediata, y otras veces, no parece llegar respuesta alguna. pudiera ser que el que no haya respuesta sea la respuesta—quizás Él nos permita que lo resolvamos, o que no sea tan importante, o que simplemente nos corresponde.

El Presidente Ezra Taft Benson dijo:

Usualmente el Señor nos da los objetivos generales que se deben cumplir y algunos lineamientos que debemos seguir, pero Él espera que nosotros nos ocupemos de los detalles y los métodos. Usualmente, los métodos y los procedimientos se preparan por medio del estudio, la oración y vivir de forma tal que podamos obtener y seguir los susurros del Espíritu. Las personas menos avanzadas espiritualmente, como las de la época de Moisés, tenían que ser mandados en muchas cosas. Hoy, quienes están alertas en lo espiritual miran los objetivos, revisan los lineamientos que han dado el Señor y Sus profetas, y entonces actúan—sin tener que ser mandados—“en todas las cosas”. Esta actitud nos prepara para la deidad. [21]

Y ahí está la respuesta para la paradoja. “¿Desea Dios que sus hijos sean instrumentos sumisos o agentes proactivos? No debería sorprendernos que la respuesta sea “ambas cosas”. Él quiere que sus hijos lleguen a ser como Él, y eso requiere que adquiramos los atributos de un instrumento confiable y los de un agente confiable. En otras palabras, Él quiere que ansiosa y entusiastamente ejerzamos nuestro albedrío, o nuestra libre voluntad, para escoger humildemente someternos y adaptarnos a Su voluntad. Él quiere que humilde y voluntariamente aprendamos de nuestras experiencias en las manos del Maestro para que, algún día, podamos ser maestros.

Notas

[1] En la undécima edición (año 2003) del Merrian-Webster’s Collegiate Dictionary; y en el Oxford English Dictionary (1971), y en la cuarta edición (2000) del American Heritage Dictionary, se dan múltiples definiciones de la palabra agency, pero ninguna de ellas captura por completo la idea del derecho o el privilegio de hacer sus propias decisiones o de actuar por sí mismo. De manera interesante, cuando la palabra agency se usa en las escrituras Santo de los Últimos Días, (principalmente en la Doctrina y Convenios y en la Perla de Gran Precio), casi siempre se traduce a otros idiomas como una palabra que significa  “libre voluntad” o “independencia” en vez del significado en el inglés. (En español: albedrío no agencia; en alemán: Selbständigkeit o Entscheidungsfreiheit, no Agentur; en francés: libre arbitre, no agence)

[2] David O. McKay, Gospel Ideals (Salt Lake City: Deseret News, 1953), página 299.

[3] McKay, Gospel Ideals, páginas 299, 301.

[4] Ver también Mosíah 27: 36; Alma 2: 30; 17: 9, 11; 26: 3; 35: 14. El padre de Alma, también se refiere a sí mismo como un instrumento en las manos de Dios en Mosíah 23: 10.

[5] John W. Welch, “Thy Mind, O Man, Must Stretch,” Foro en la Universidad Brigham Young el 17 de mayo de 2011, página 7, speeches.byu.edu.

[6] Dallin H. Oaks, “Weightier Matters,” reunión devocional en la Universidad Brighan Young el 9 de febrero de 1999, página 2, speeches.byu.edu.

[7] Joseph Fielding Smith, Answers to Gospel Questions (Salt Lake City: Deseret Book, 1958), volúmen 2, página 20.

[8] Henry B. Eyring, “Un incalculable legado de esperanza” Liahona mayo de 2014.

[9] D. Todd Christofferson, “Moral Agency, reunión devocional en la Universidad Brigham Young el 31 de enero de 2006, página 2, speeches.byu.edu.

[10] Christofferson, “Moral Agency,” página 2.

[11] Neal A. Maxwell, “…Absorbida En La Voluntad Del Padre” Liahona, noviembre de 1995.

[12] C. S. Lewis, Mere Christianity (Nueva York: Simon & Schuster, 1996), página 52.

[13] Anotación para el domingo 16 de mayo de 1841, en “History, 1838-1856, volume C-1[2 November 1838- 31 July 1842]” (se agregó explicación entre corchetes), tercer volumen de “Manuscript History of the Church,” Biblioteca de Historia de la Iglesia.

[14] Necesitamos ser muy claros aquí: somos salvos mediante la Gracia de Jesucristo. El Libro de Mormón enseña: “Porque nosotros trabajamos diligentemente para escribir, a fin de persuadir a nuestros hijos, así como a nuestros hermanos, a creer en Cristo y a reconciliarse con Dios; pues sabemos que es por la gracia por la que nos salvamos, después de hacer cuanto podamos” (2 Nefi 25:23). El Libro de Mormón agrega: “. . . nos ha costado tanto arrepentirnos de todos nuestros pecados. . ..” (Alma 24: 11).  Lehi también enseñó: “. . . . ninguna carne puede morar en la presencia de Dios, sino por los méritos, y misericordia, y gracia del Santo Mesías” (2 Nefi 2: 8).

[15] Gerald E. Jones, “Fate,” en Encyclopedia of Mormonism, editor Daniel H. Ludlow (Nueva York: Macmillan, 1992), 2: 502-503. Ver también Principios del Evangelio (Salt Lake City: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, 1978), páginas 18-21.

[16] Para una buena explicación de la forma en que Dios y la humanidad están trabajando juntos para la salvación de las almas, ver de Robert L. Millet, “The Perils of Grace,” BYU Studies 53, num. 2 (2014): páginas 7-19.

[17] Los comentarios detallados y completos sobre el grado en el cual Dios interviene en los eventos de nuestras vidas diarias está fuera del alcance de este artículo. Baste decir aquí que, la mayor parte del tiempo, Él se abstiene por respeto a nuestro albedrío.

[18] Neal A. Maxwell, “Becoming a Disciple,” Ensign, junio de 1996, páginas 17, 19.

[19] Ver, “We’ll Sing and We’ll Shout: A Mantic Celebretion of the Holy Spirit,” de Richard W. Cracroft, Reunión Devocional en la Universidad Brigham Young el 29 de junio de 1993, speeches.byu.edu.

[20] Lewis, Mere Christianity, páginas 52-53.

[21] Ezra Taft Benson, en Conference Report, abril de 1965, páginas 121-125.