Enseñar la Caída y la Expiación: Un Método Comparativo

By Roger R. Keller

 

“Pues he aquí, de cierto tiene que morir para que venga la salvación; sí, a él le corresponde y se hace necesario que

muera para efectuar la resurrección de los muertos, a fin de que por este medio los hombres sean llevados

a la presencia de Señor” (Helamán 14:15).

Enseñar la Caída y la Expiación: Un Método Comparativo

Por Roger R. Keller

Roger R. Keller era profesor de la doctrina y la historia de la Iglesia en la Universidad  Brigham Young, cuando se publicó este artículo.

Dos pasos importantes en el plan de salvación son la Caída de Adán y Eva y la Expiación efectuada por Jesucristo. En términos teológicos, los dos están yuxtapuestos. Como dice Pablo: “Porque así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados” (1 Corintios 15:22). Con el paso del tiempo he buscado la forma de explicar a mis alumnos la necesidad de la Caída y la Expiación. Siendo que enseño las religiones del mundo comparadas, he usado la teología cristiana tradicional para ayudar a los estudiantes a entender las semejanzas que hay entre los Santos de los Últimos Días [SUD] y otros grupos cristianos en cuanto a estos conceptos y para ayudarles a entender las aportaciones del pensamiento de la Restauración. No uso la comparación para denigrar las creencias de otros cristianos, porque su teología está basada firmemente en su interpretación de la Biblia. Sin embargo, siendo que los Santos de los Últimos Días tenemos textos canónicos además de la Biblia, creemos que tenemos información adicional con respecto a la Caída y la Expiación. No ofrecemos este entendimiento con orgullo ni presunción sino más bien para añadirlo a los principios básicos que los otros cristianos ya entienden. En otras palabras, construimos sobre un fundamento ya existente.

Con esto en mente, me gustaría compartir el entendimiento de estas doctrinas centrales usando un método de presentación comparativo. Por supuesto, doy mis propios puntos de vista sobre los temas a considerar y no estoy hablando en nombre de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

La Opinión del Cristianismo Tradicional Acerca de la Caída

El cristianismo tradicional ve el Jardín de Edén y la Caída de diferente manera que los Santos de los Últimos Días. La postura tradicional se basa en el libro de Génesis, en tanto que lo postura de los SUD se basa en el libro de Moisés, que es la traducción inspirada de José Smith de Génesis 1:1 a 6:13. El cristianismo tradicional sostiene que Adán y Eva eran mortales en el Jardín de Edén, que podían procrear, y que tenían la capacidad de decidir obedecer o no los mandamientos de Dios. [1] Fueron creados para vivir en el jardín en la presencia de Dios.  Ser verdaderamente humanos significaba que vivían con Dios, porque el fin principal de la humanidad es “glorificar a Dios y disfrutarlo para siempre.” [2] Sin embargo, se les dio el mandamiento de no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal. Si lo hacían, morirían (véase Génesis 2: 17). Satanás engañó a Eva con la promesa de que si ella y Adán comían del árbol, serían como dioses. La teología tradicional interpreta esta decisión como un acto de orgullo y de desafiar la posición de Dios y por lo tanto es el gran pecado. Los resultados de ese acto fueron la expulsión de Adán y Eva del jardín, sus eventuales muertes, y una deformación (en mayor o menor grado) de la naturaleza humana, ya que la verdadera humanidad existe solo cuando los seres humanos viven en la presencia de Dios.

En consecuencia, la Caída fue un desastre para la humanidad. A causa de lo que hizo Eva, los seres humanos perdieron sus derechos de primogenitura. Fueron expulsados de la presencia de Dios. En opinión de muchas tradiciones, Adán y Eva ya no podían decidir entre el bien y el mal sino que se alejaron completamente de Dios. La humanidad heredó el pecado de Adán y Eva (el pecado original)—el pecado del orgullo—y ese pecado se pasa de generación en generación y solamente puede ser vencido con un acto de Dios. En varias tradiciones cristianas, el libre albedrío se quedó en el jardín. Como lo dijo Pablo: “no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (Romanos 3:12). Por lo tanto, todas las personas necesitan la Expiación si es que quieren entrar en la presencia de Dios, y la Expiación, en muchas tradiciones cristianas especialmente en las que tienen sus raícen en Juan Calvino. [3] es un acto totalmente de Dios sin intervención humana.

La Perspectiva Santo de los Últimos Días

Los Santos de los Últimos Días tenemos una opinión muy diferente a la que se bosquejó arriba. En lugar de ver la Caída como un desastre, la consideramos un gran paso adelante en el progreso eterno de la humanidad y vemos a Eva como una heroína. Para entender esta postura, debemos comenzar en la esfera pre mortal. Los Santos de los Últimos Días creemos que hay tres cosas que son eternas: la o las inteligencias, [4] la materia y la energía. [5]  Los seres humanos son eternos al igual que Dios porque sus inteligencias no son creadas y existen por sí mismas. En cierto punto del tiempo, el Padre vistió a las inteligencias con cuerpos de espíritu mediante un proceso que no conocemos. [6] Dos de esos hijos espirituales fueron Adán y Eva. A ellos, al igual que a todos los demás destinados a la vida terrenal, se les mandó, en ese reino pre mortal, multiplicarse y henchir la tierra (véase Moisés 2:28) Después, Dios colocó a Adán y Eva en el jardín.

Es importante notar que en la teología SUD existe una tirantez entre el Jardín de Edén y la tierra. A Adán y a Eva se les mandó multiplicarse y henchir la tierra, no el jardín. Por tanto, el jardín se volvió un lugar provisional para ellos. El plan de salvación dado por el Padre requería que Sus hijos vivieran en la mortalidad sujetos al bien y al mal, a las oportunidades y pruebas, al gozo y a las tristezas, al éxito y al fracaso, al crecimiento y a la muerte. El Salvador iba a venir a la tierra no al jardín. Los SUD creen que el plan de salvación nunca demandó que Adán y Eva siguieran en el jardín—la cual es una creencia opuesta a la del cristianismo tradicional—.Tenían que salir de el, o se frustraría el plan. Es necesario conocer este principio básico  para entender lo que sucedió en el jardín. [7]

Después de colocar a Adán en el jardín, Dios dijo: “De todo árbol del jardín podrás comer libremente, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás. No obstante, podrás escoger según tu voluntad, porque te es concedido; pero recuerda que yo lo prohíbo, porque el día en que de él comieres, de cierto morirás” (Moisés 3:16-17; énfasis agregado). Eva también recibió ese mandamiento. Es importante recordar que el plan de salvación demandaba que Adán y Eva y su posteridad experimentaran la mortalidad, la cual invariablemente culmina con la muerte en la tierra.

En ese punto, apareció Satanás en la escena y trató de hacer que Adán y Eva comieran el fruto del árbol prohibido. En otras palabras, esperaba frustrar los propósitos de Dios. Eva decidió  comer el fruto (porque Dios había dicho que Adán y Eva podían decidir) a fin de que ella y Adán entrasen en la mortalidad con sus oportunidades inevitables como también con las consecuencias de la muerte física. Pero era solamente en la mortalidad que podría efectuarse su desarrollo con la posibilidad de convertirse en todo lo que Dios quiere que sean Sus hijos—esto es, como Él—. Al dejar la seguridad del jardín, Adán y Eva y toda su posteridad tuvieron el potencial de llegar a ser —por medio de Cristo—todo lo que Dios quería que fueran. Si hubieran permanecido en el jardín, no habría existido la raza humana, y los hijos espirituales de Dios habrían permanecido eternamente en su primer estado, sin futuro para ellos.

Entonces, ¿qué quiere decir esto acerca del mandamiento que Dios le dio a Adán y Eva de que no comieran del árbol de la ciencia del bien y del mal? La respuesta: en ninguna parte de las escrituras tenemos el relato completo de lo que sucedió en el jardín referente a este mandato. No significa que Adán y Eva no debían salir del jardín, porque eso contradecía el plan de salvación. Debemos buscar otras ideas que brinden contexto al mandamiento, un contexto que falta parcialmente en las escrituras.      

¿Qué sabemos con certeza acerca de Adán, Eva y el jardín? Sabemos que el jardín era un lugar transitorio. Sabemos que a Adán y Eva se les dijo que no comieran del árbol de la ciencia del bien y del mal, pero también se les dijo que ellos podrían decidir si comían o no. Sabemos que si comían, el castigo sería la muerte. También sabemos que se esperaba que comieran del árbol a fin de que pudieran progresar, y sabemos que hicieron lo que Dios les requirió. Por lo tanto, ¿qué fue lo que realmente les dijo Dios?  Sugiero que Él pudo haberles dicho algo como lo siguiente: “Si desean permanecer en el Jardín de Edén, sin preocupaciones y sin la posibilidad de desarrollo, no deben comer del árbol de la ciencia del bien y del mal. Sin embargo, si desean progresar y recibir todo lo que tengo reservado para ustedes, tendrán que salir del jardín. Si comen del árbol, serán expulsados del jardín a la tierra y a la mortalidad, y morirán tanto temporal como espiritualmente, pero abrirán la puerta, para ustedes y toda la humanidad, para recibir la vida eterna que Yo tengo. Ustedes deciden.” En otras palabras, Dios les dio información.

Eva lo entendió, al menos parcialmente, y decidió dejar el jardín, llevandose a Adán que entendió que la decisión era la correcta. Por lo tanto, se dio el primer paso en nuestro progreso eterno, y las huestes del cielo gritaron de gozo, porque ahora tenían un futuro, gracias al valor de Adán y Eva.

¿Y qué de la transgresión de Adán y Eva? Si solo hicieron lo que Dios les pidió, como pudo ser una transgresión? El élder Dallin H. Oaks nos dio información cuando dijo lo siguiente:

Cuando Adán y Eva recibieron el primer mandamiento, estaban en un estado transitorio, ya no estaban en el mundo de los espíritus sino que tenían cuerpos físicos que todavía no estaban sujetos a la muerte y todavía incapaces de procrear. No podían cumplir el primer mandamiento del Padre sin transgredir la barrera entre la dicha del Jardín del Edén y las terribles pruebas y las maravillosas oportunidades de la vida mortal. . . . Fue Eva la primera en transgredir los límites del Edén a fin de iniciar las condiciones de la mortalidad. Su acción, fuera la que fuera, fue oficialmente una transgresión, pero en la perspectiva eterna fue un glorioso requisito para abrirnos los portales hacia la vida eterna. Adán demostró su sabiduría haciendo lo mismo. Y por lo tanto, Eva y Adán “cay[eron] para que los hombres existiesen” (2 Nefi 2:25). . . . El élder Joseph Fielding Smith dijo: “Nunca la califico como pecado, cuando me refiero a la parte que le correspondió a Eva en la Caída, ni tampoco acuso de pecado a Adán. . . . Esta fue una transgresión de la ley, pero no un pecado en el sentido estricto de la palabra porque era algo que Adán y Eva tenían que hacer” (Doctrinas de Salvación, compiladas por Bruce R. McConkie, en 3 tomos, [Salt Lake City: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, 1978), 1:109. Esto repite una distinción conocida en la ley. Algunos actos, como el asesinato, son delitos porque son inherentemente incorrectos. Otros actos, como conducir sin licencia, son delitos solo porque están legalmente prohibidos. Bajo estas distinciones, el acto que produjo la Caída no fue un pecado—inherentemente incorrecto—sino una transgresión; porque había sido formalmente prohibido. [8]

Fíjense que el élder Oaks habla de “transgredir la barrera entre. . . . el Jardín. . . . [y] la vida mortal” y transgredir “los límites del Edén.” Como se sugirió mas arriba, la ley, o lo que yo llamo información, dada por Dios se refería solamente a que se quedaran en el jardín. Marcaba los parámetros dentro de los cuales podrían actuar Adán y Eva si deseaban permanecer en el jardín. Decidir salir del jardín, sin embargo, no significaba ir en contra de la voluntad de Dios, porque Él deseaba que salieran ya que era parte del plan de salvación. Decidieron salir a fin de poder progresar, transgrediendo así los límites asociados con permanecer en el jardín.  Por tanto, fueron conducidos por Dios hacia una nueva y desafiante dimensión de vida. Entraron a la mortalidad, en donde enfrentarían desafíos de todas clases, pero esos eran para su bien (véase Moisés 4:23)—o sea—que serían para su bienestar y progreso. En el jardín, eran inmortales e incapaces de procrear pero tenían el libre albedrío; en la tierra, eran mortales, podrían procrear, y todavía podían discernir el bien del mal. Podían decidir a favor o en contra de Dios. Podían adorar verdaderamente a Dios, puesto que podían también decidir apartarse de Él.

Adán y Eva resumieron bien la consecuencias de su decisión: “Y Adán bendijo a Dios en ese día y fue lleno, y empezó a profetizar concerniente a todas las familias de la tierra, diciendo: Bendito sea el nombre de Dios, pues a causa de mi transgresión se han abierto mis ojos, y tendré gozo en esta vida, y en la carne de nuevo veré a Dios” (Moisés 5:10). Eva suavemente le recordó que de no haber sido por nuestra” decisión, que Adán no habría hecho sin ella (pues fue Eva quien escuchó los susurros del Espíritu), habrían estado sin recibir bendiciones aún mayores a las que Adán había mencionado. “Y Eva, su esposa, oyó todas estas cosas y se regocijó, diciendo: De no haber sido por nuestra transgresión, nunca habríamos tenido posteridad, ni hubiéramos conocido jamás el bien y el mal, ni el gozo de nuestra redención, ni la vida eterna que Dios concede a todos los que son obedientes” (Moisés 5:11).

Por lo tanto, para los Santos de los Últimos Días, Eva se convirtió en la heroína, que por propia decisión, le da a toda la humanidad la oportunidad de la vida eterna. Adán y Eva, por su decisión de caer del jardín al entorno telestial, le transmitieron a toda su posteridad la muerte espiritual, o sea estar  separados del Padre, y la muerte temporal, que es la muerte del cuerpo físico. La naturaleza espiritual básica de la humanidad no se alteró—pues podíamos y—todavía podemos decirle sí o no a Dios. Todavía conservamos nuestro albedrío, pero tenemos dentro de nosotros inclinaciones buenas y malas que podemos seguir. Satanás intenta inducirnos a seguir nuestras inclinaciones malas—“el hombre natural”— y el Señor nos pide que sigamos nuestras inclinaciones buenas—o espirituales—a fin de que podamos regresar a la presencia del Padre Celestial. Todos recibimos estas posibilidades y consecuencias por la decisión tomada por Adán y Eva. En el pensamiento SUD, La Expiación atiende las consecuencias de esa elección y aumenta las posibilidades de todos los seres humanos.

La Expiación

La Expiación vence las consecuencias de la Caída y del pecado humano. Aunque todavía deseo usar la manera comparativa, no separaré tan claramente los enfoques tradicionales y SUD hacia este tema como lo hice con el tema anterior porque tienen muchas cosas en común. En este caso, hablaré desde la perspectiva SUD e indicaré, a medida que avancemos, la forma en que diferimos de la principal teología cristiana.

Dentro de la conversación sobre la Expiación en la teología tradicional algunos han creído que la Expiación fue incondicional en cuanto a sus resultados; en otras palabras, todas las personas recibieron sus beneficios. Argumentan que Jesús murió por los pecados del mundo, y que por hacerlo así, no quedaron pecados por los cuales castigar a las personas. Esta posición usualmente llevó a la doctrina de la salvación universal. [9] Por el contrario, la mayoría de los cristianos han sostenido que la Expiación es condicional por naturaleza, que las personas tienen que apropiarsela de alguna manera. Normalmente, esto significa que para ser salvas, por lo menos tenían que tener fe personal en el Señor Jesucristo. Esta postura llevó a la creencia de que solamente algunas personas—para  los Calvinistas, aquellos que aceptaron a Cristo o quienes son los “elegidos”—son salvas mediante la Expiación.

Los Santos de los Últimos Días no creemos que el tema sea una situación ‘de esto o lo otro’ sino más bien que se aplican ambos aspectos. Creemos que ciertos aspectos incondicionales de la Expiación afectan a todos los seres humanos, sin importar su religión. A la vez, creemos que ciertos aspectos condicionales de la Expiación se basan en alguna respuesta o acción del ser humano. En el pensamiento SUD, los aspectos incondicionales de la Expiación tienen que ver con los efectos de la Caída, en tanto que los aspectos condicionales se relacionan con el pecado individual.

Los Aspectos Incondicionales de la Expiación.

Como resultado de la decisión de nuestros primeros padres, toda la humanidad heredó la muerte física y la muerte espiritual. Entendemos claramente la muerte física; es la muerte del cuerpo y la terminación de la mortalidad. La muerte espiritual es estar separados del Padre. Por eso Jehová es la deidad activa en toda la historia del Antiguo Testamento. Junto con Él el Espíritu Santo ha trabajado durante toda la historia humana. Por lo tanto, siendo que las muertes física y espiritual son las consecuencias incondicionales de la Caída, la Expiación debe cubrir esos dos elementos. Y así lo hace. La muerte física es vencida por completo por la Resurrección de Jesucristo. Como se indicó antes: “Así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados” (1 Corintios 15:22; énfasis agregado). Aquí el énfasis está en la última parte de la declaración, porque los santos y los pecadores resucitarán todos; por lo tanto, la muerte temporal es vencida universalmente para todos. Para los estudiantes, se complica el asunto cuando se les pregunta si los efectos de la muerte espiritual son vencidos universalmente para todos. Muchos contestan que no, diciendo que vencer la muerte espiritual depende en la aceptación personal de Cristo. No están totalmente equivocados con esta respuesta pero, por llegar tan rápido a esta conclusión, omiten un paso del proceso.

El segundo Artículo de Fe declara: “Creemos que los hombres serán castigados por sus propios pecados, y no por la transgresión de Adán.” Puesto que la muerte espiritual es una consecuencia universal de la decisión de Adán y Eva, si no es vencida para todos por la Expiación, entonces el segundo Artículo de Fe no es verdad. La muerte espiritual todavía estaría en efecto y nosotros seríamos separados de Dios por algo que no hicimos. En teoría, de alguna forma, el pecado original se transmitiría de Adán y Eva a toda sus descendientes. Es precisamente contra eso lo que argumenta el segundo Artículo de Fe.

Entonces, ¿cuál es la realidad? La muerte espiritual es vencida para todos porque todos iremos   ante el Padre para ser juzgados en su presencia. Tres pasajes del Libro de Mormón lo dicen claramente:

Por tanto, la redención viene en el Santo Mesías y por medio de él, porque él es lleno de gracia y de verdad. He aquí, él se ofrece a sí mismo en sacrificio por el pecado, para satisfacer las demandas de la ley, por todos los de corazón quebrantado y de espíritu contrito; y por nadie más se pueden satisfacer las demandas de la ley. Por lo tanto, cuán grande es la importancia de dar a conocer estas cosas a los habitantes de la tierra, para que sepan que ninguna carne puede morar en la presencia de Dios, sino por medio de los méritos, y misericordia, y gracia del Santo Mesías, quien da su vida, según la carne, y la vuelve a tomar por el poder del Espíritu, para efectuar la resurrección de los muertos, siendo el primero que ha de resucitar. De manera que él es las primicias para Dios, pues él intercederá por todos los hijos de los hombres; y los que crean en él serán salvos. Y por motivo de la intercesión hecha por todos, todos lo hombres vienen a Dios; de modo que comparecen ante su presencia para que él los juzgue de acuerdo con la verdad y santidad que hay en él. Por tanto, los fines de la ley que el Santo ha dado, para la imposición del castigo que se ha fijado, el cual castigo que se ha fijado se halla en oposición a la felicidad que se ha fijado, para cumplir los fines de la expiación. (2 Nefi 2:6-10; énfasis agregado).

Pues bien, esta restauración vendrá sobre todos, tanto viejos como jóvenes, esclavos así como libres, varones así como mujeres, malvados así como justos; y no se perderá ni un solo pelo de su cabeza, sino que todo será restablecido a su perfecta forma, o en el cuerpo, cual se encuentra ahora, y serán llevados a comparecer ante el tribunal de Cristo el Hijo, y Dios el Padre, y el Santo Espíritu, que son un Eterno Dios, para ser juzgados según sus obras, sean buenas o malas. (Alma 11:44)

Pues he aquí, de cierto tiene que morir para que venga la salvación; sí, a él le corresponde y se hace necesario que muera para efectuar la resurrección de los muertos, a fin de que por este medio los hombres sean llevados a la presencia del Señor. Sí, he aquí, esta muerte lleva a efecto la resurrección, y redime a todo el género humano de la primera muerte, esa muerte espiritual; porque, hallándose separados de la presencia del Señor por la caída de Adán, todos los hombres son considerados como si estuvieran muertos, tanto en lo que respecta a cosas temporales como a cosas espirituales. Pero he aquí, la resurrección de Cristo redime al género humano, sí, a toda la humanidad, y la trae de vuelta a la presencia del Señor. (Helamán 14: 15-17; énfasis agregado).

Si no regresáramos a la presencia del Padre, el juicio y la exclusión de Su presencia tendrían muy poco significado, porque no sabríamos lo que habíamos perdido. Solo regresando a la presencia del Padre, aquellos que finalmente sean excluidos de Su presencia por el Hijo pueden comprender la profundidad de su pérdida (véase Juan 5:22,27). Por lo tanto, la pregunta no es si, eventualmente, todas las personas regresarán a la presencia del Padre (lo harán) sino más bien si es que podrán quedarse. Los efectos condicionales de la Expiación resuelven este asunto. De allí, los efectos incondicionales que surgen de la decisión de nuestros primeros padres—las muertes física y la espiritual—son quitadas incondicionalmente por la Expiación mediante la Resurrección y el regreso a la presencia del Padre para ser juzgados. Todos los descendientes de Adán y Eva serán vivificados física y espiritualmente (ver la figura 1).

Los Aspectos Condicionales—y lo que debemos hacer para beneficiarnos—de la Expiación. 

Pero ¿hasta que punto son vivificadas espiritualmente las personas? El grado del cual gocemos la vida más allá de la muerte depende del grado en que recibamos los efectos de la Expiación a la manera en que el Señor lo ha prescrito. Este es el elemento condicional. Los seres humanos no ponen las reglas para la debida recepción de la Expiación; Dios las pone. Si decidimos acceder a la Expiación en la forma y en los lugares que Dios nos la ofrece, podemos gozar de todo lo que Dios ha reservado para nosotros. Sin embargo, si ignoramos las maneras de Dios, no recibiremos todo lo que Él desea que tengamos.

Los efectos condicionales de la Expiación, desde la perspectiva SUD empiezan asumiendo que todos los seres humanos han pecado y necesitan que se les aplique la Expiación. Esta perspectiva también asume que las personas pueden presentarse ante Dios con una de dos actitudes; con humildad o con orgullo. Primero trataremos los resultados de la humildad.

Humildad. Si las personas se presentan ante Dios con humildad, harán todo lo que Él les pida que hagan; o sea que recibirán los efectos de la Expiación en su vida por medio de los canales de la gracia que Dios les ofrece. El primero de estos canales se conoce entre los Santos de los Últimos Días como los primeros principios y ordenanzas del evangelio, que se mencionan en el cuarto Artículo de Fe: “Creemos que los primeros principios y ordenanzas del evangelio son: primero, Fe en el Señor Jesucristo; segundo, Arrepentimiento; tercero, Bautismo por inmersión para la remisión de los pecados; cuarto, Imposición de manos para comunicar el don del Espíritu Santo.”

Fe en el Señor Jesucristo. Desde una perspectiva general cristiana, las personas que no conocen a Cristo no entienden que necesitan un salvador. No tienen presión en sus vidas entre lo que Dios los llama a ser y lo que son. [10] Es el encuentro con Jehová (Jesús) lo que crea una profunda conciencia de la insuficiencia humana ante Dios. Lo vemos en el encuentro de Isaías con Jehová en el templo. Su respuesta a la visión no es “¡Wow, he visto a Dios!” sino mas bien: “¡Hay de mí que muerto soy!, porque siendo hombre inmundo de labios y habitando en medio de un pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, a Jehová de los ejércitos” (Isaías 6:5). Encontramos exactamente esa misma reacción hacia Jesús (ahora es Jesús mas bien que el Jehová pre mortal). Después de la milagrosa captura de peces, Pedro cayó de rodillas ante Jesús y dijo: “Apártate de mi, Señor, porque soy hombre pecador”( Lucas 5:8). En ambos casos, es el encuentro con el segundo miembro de la Trinidad lo que lleva a la comprensión del pecado personal y a la necesidad de cambiar. Por lo tanto, es el Pablo cristiano quien exclama: “Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. . . . ¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios por medio de Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, pero con la carne, a la ley del pecado” (Romanos 7:19, 24-25). Esta es la presión de la vida cristiana para aquellos que han encontrado a Jesús.

Arrepentimiento. Este encuentro lleva al segundo principio del evangelio, el arrepentimiento. El sentirse desesperado delante de Cristo hace que los cristianos comprendan la necesidad de cambiar, pues la fe en Cristo les da el valor de enfrentarse a sus pecados. En Él hay esperanza en el futuro a pesar de nuestra naturaleza humana.

El arrepentimiento es un cambio radical de dirección en la vida de un pecador. Es el resultado de nacer de nuevo en Cristo (términos cristianos) o experimentar un gran cambio en el corazón (terminología SUD). El arrepentimiento es el compromiso humano para vivir como a Dios le gustaría que viviéramos. Es el proceso de cambiar de los intereses humanos a los intereses de Dios. Es obedecer los mandamientos de Dios y buscar hacer las obras que Cristo quiere que hagamos.

Habiendo dicho esto, no conozco a ningún cristiano inteligente que no crea que la Expiación se  recibe mediante la fe en el Señor Jesucristo y por medio del arrepentimiento. Los Santos de los Últimos Días nos unimos a los hermanos de todas las denominaciones cristianas en estos dos principios pero los   consideramos incompletos en sí mismos.

Bautismo. Los Santos de los Últimos Días creemos que el bautismo para la remisión de pecados es una ordenanza ( o sacramento) esencial del evangelio, y que sin él no hay salvación para quienes han llegado a la edad de responsabilidad porque Dios ha mandado esta ordenanza. El bautismo debe ser por inmersión total y debe ser administrado por una persona que posea el sacerdocio autorizado de Dios, el cual se halla solamente en la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. A causa de esta creencia en la función del sacerdocio autorizado, los Santos de los Últimos Días evangelizamos por igual a cristianos y a los no cristianos. Sabemos que nuestros hermanos cristianos conocen a Cristo, pero sin las ordenanzas esenciales del evangelio efectuadas por el sacerdocio, nadie puede recibir todo lo que el Padre ha reservado. Los Santos de los Últimos Días creemos que hay “más” en el Mormonismo. Primero y ante todo, ese “más” es la autoridad ejercida por el sacerdocio.

Al igual que otros cristianos, los Santos de los Últimos Días vemos el bautismo como un símbolo de morir y resucitar con Cristo. Pero es más. Es una señal de la disposición de una persona a hacer todo lo que el Padre pida. Es una señal de obediencia o de discipulado. Alma padre lo dijo de este modo:

He aquí las aguas de Mormón (porque así se llamaban); y ya que deseáis entrar en el redil de Dios y ser llamados su pueblo, y estáis dispuestos a llevar las cargas los unos de los otros para que sean ligeras;

Sí, y estáis dispuestos a llorar con los que lloran; sí, y a consolar a los que necesitan de consuelo, y ser testigos de Dios en todo tiempo, y en todas las cosas y en todo lugar en que estuvieseis, aun hasta la muerte, para que seáis redimidos por Dios, y seáis contados con los de la primera resurrección, para que tengáis vida eterna;

os digo ahora, si éste es el deseo de vuestros corazones, ¿qué os impide ser bautizados en el nombre del Señor, como testimonio ante él de que habéis concertado un convenio con él de que lo serviréis y guardaréis sus mandamientos, para que él derrame su Espíritu más abundantemente sobre vosotros? (Mosíah 18:8-10).

Los Santos de los Últimos Días entienden que el acto del bautismo es un convenio entre ellos, Cristo y el Padre que hace posible que el Espíritu Santo esté en sus vidas. Un aspecto interesante de esto es el discipulado, que busca seguir los mandamientos de Dios. El bautismo no es solamente la entrada a la Iglesia sino el principio de una forma de vida—una vida llena del Espíritu—y los convenios se renuevan semanalmente con los sacramentos (que significa la Cena del Señor, o la Eucaristía).

La mayoría de los demás cristianos enfatizan el bautismo como una parte necesaria de la vida cristiana. Sin embargo, si uno profesa la fe en Cristo y muere antes de recibir el bautismo, muchas de las tradiciones dirán que la persona está salvada. Hasta el catolicismo romano ha suavizado su postura, declarando que el deseo de ser bautizado es suficiente. [11] Algunas tradiciones, como los bautistas, dicen que sin el bautismo una persona no se salva, así que no hay esperanza adicional para esa persona. En contraste, los Santos de los Últimos Días son los únicos en proclamar que el evangelio se predica más allá del velo de la muerte. Aun así, quienes reciban el evangelio en el mundo de los espíritus deben recibir el bautismo por medio de un representante. Esta es una de las ordenanzas esenciales a favor de los muertos que se efectúan en los templos de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

La historia de Naamán, el general sirio que padecía lepra, es un ejemplo excelente del porqué el bautismo debe hacerse de la manera que el Señor lo ha pedido (véase 2 Reyes 5:1-15). Como lo sabemos, Naamán padecía lepra. Uno de los criados en su séquito le dijo que había un profeta en Israel que podría sanarle, así que Naamán viajo a Israel para ver al profeta Eliseo. Sin embargo, Eliseo solamente mandó a su siervo que le dijera que se lavara siete veces en el río Jordán y sería sanado. Naamán se sintió ofendido porque el profeta no salió a atenderlo y se fue enojado. Finalmente, uno de sus oficiales le recordó que habría estado dispuesto a hacer algo difícil si se le pedía. Por lo tanto, ¿por qué no hacer algo tan simple? Naamán lo hizo, y fue sanado. Si no hubiera seguido las instrucciones de Dios dadas por medio del profeta Eliseo, hubiera seguido leproso. Si se hubiera lavado en un río en Siria, no habría sido sanado. Tuvo que hacer lo que Dios le pidió. Fue entonces, y solamente hasta entonces, que se benefició. Lo mismo es verdadero en cuanto al bautismo. Si Dios nos pide que demostremos nuestra fe en Él siendo bautizados por una persona que posea el sacerdocio de Dios y si decidimos no hacerlo, somos culpables y nunca podremos recibir las bendiciones completas de Dios. La obediencia no es una mala palabra sino más bien es la respuesta humana necesaria a la proclamación del evangelio de Jesucristo. Hacemos las cosas que Cristo nos llama a hacer.           

La esencia natural del bautismo para la remisión de los pecados para aquellos que han alcanzado la edad de responsabilidad distingue a los Santos de los Últimos Días de los otros cristianos. Sin el bautismo efectuado por alguien que posea la autoridad del sacerdocio, esa ordenanza o sacramento no es salvadora. Nos puede acercar más a Cristo y fortalecer nuestra fe, pero no es una ordenanza de salvación. Por eso, el tema de la autoridad del sacerdocio es un tema que separa a los Santos de los Últimos Días de otros cristianos.

Don del Espíritu Santo.  Un pasaje muy conocido en el Libro de Mormón dice: “Porque nosotros trabajamos diligentemente para escribir, a fin de persuadir a nuestros hijos, así como a nuestros hermanos, a creer en Cristo y a reconciliarse con Dios; pues sabemos que es por la gracia por la que nos salvamos, después de hacer cuanto podamos” (2 Nefi 25:23; énfasis agregado).      

Muchos Santos de los Últimos Días entienden que esto quiere decir que la gracia complementa lo que los seres humanos no pueden hacer por su propia salvación. Por lo tanto, para muchos, no hay descanso en el evangelio.  hay el esfuerzo y temor constantes de que no haber hecho lo suficiente para merecer o ganar la gracia necesaria para su salvación. Pero la gracia ganada o merecida no es gracia. Es precisamente porque muchos SUD mal interpretan este texto que Stephen E. Robinson escribió su libro Believing Christ [Creámosle a Cristo]. [12] Trató de enseñar que la gracia y las obras no son sinónimo

¿Hay alguna otra manera de ver 2 Nefi 25:23 distinta a que la gracia complementa las obras humanas? Realmente, ¿qué es lo que Dios espera que hagan los seres humanos para recibir la Expiación de Jesucristo? Ya hemos contestado esa pregunta al hablar de los primeros principios del evangelio. Dios espera que tengamos fe en el Señor Jesucristo, que nos arrepintamos de nuestros pecados, que seamos bautizados para la remisión de nuestros pecados. Cuando hacemos lo que Él ha mandado, estamos en el reino de Dios. No estamos afuera viendo hacia adentro.

Cuando encontramos a Dios por medio de Cristo, tenemos la capacidad de decirle sí y no. Si le decimos sí, desearemos arrepentirnos y recibir el bautismo por alguien que posee la autoridad del sacereocio. Esto es todo lo que podemos hacer. Podemos aceptar esos tres canales de la gracia, canales que acceden a Jesucristo de una manera única, y “present[amos nuestros] cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es [n]uestro servicio razonable” (Romanos 12:1). Cuando hemos venido a Dios por medio de Cristo con fe, arrepentimiento, y el bautismo, el Padre nos da un don—el don del Espíritu Santo—mediante la imposición de manos de quien posee la autoridad del sacerdocio. Este don hace dos cosas: (1) es la confirmación de parte de Dios de que aunque no somos perfectos, estamos ante Dios revestidos en la perfección de Cristo y (2) proporciona el poder para vivir como discípulo de Jesucristo, un poder que no es inherente en la persona natural.

Uno de los privilegios de haber sido obispo es la oportunidad de hacer las preguntas de la recomendación para el templo a los miembros del barrio. Cuando les preguntaba a los miembros de mi barrio si tenían un testimonio de la Expiación de Jesucristo, siempre recibí un “sí” muy firme. Pero seguía con la pregunta: “¿si usted muriera esta noche, iría al reino celestial? En este punto empezaban a retorcerse porque no entendían la Expiación y cómo recibirla. Creían que tenían que ser discípulos de Jesús antes de recibir la gracia, cuando en realidad, el discipulado resulta por haber recibido la gracia.

Enseguida, les preguntaba si el Espíritu Santo estaba presente en su vida. Inevitablemente, la respuesta era otra vez “sí”. Entonces les explicaba que el Espíritu Santo era el don de Dios para afirmar que Él los aprobaba. No eran perfectos, pero participaban de la perfección de Cristo por medio del Espíritu Santo, que si se lo permitimos, aplica la Expiación todos los días de nuestra vida. El Espíritu Santo es el sello de Dios sobre nosotros de la misma forma en que un sello le da valor a un documento.

Existe una relación dinámica entre la Expiación de Jesucristo, el Espíritu Santo y la responsabilidad humana. Algunas tradiciones cristianas se enfocan en la función de la Expiación de Cristo y del Espíritu Santo y excluyen a la responsabilidad humana. Algunos Santos de los Últimos Días se centran en la responsabilidad humana y excluyen a la Expiación y al Espíritu Santo. Ninguna de las dos propuestas es totalmente correcta porque deben estar presentes los tres elementos. Dios nos pide que recibamos a Cristo, que nos arrepintamos y que seamos bautizados. Al hacerlo, nos concede el Espíritu Santo que nos aplica la Expiación a diario. Por lo tanto, si el Espíritu Santo está presente en nuestra vida,  tenemos un testimonio directo de Dios, de que si fuéramos a morir esta noche, iríamos al reino celestial. Si otros cristianos nos preguntan si somos salvos, nuestra respuesta debe ser: “Sí, porque el Espíritu Santo está en mi vida.” Sin embargo, si el Espíritu no está con nosotros, debemos arrepentirnos y poner nuestra vida en armonía con los canales de gracia que Dios amorosamente nos ha ofrecido para que podamos volver a Él por medio de Cristo Jesús nuestro Señor. La Expiación se hace operativa para nosotros, y, cuando el Espíritu mora en nosotros, Cristo soporta las consecuencias de nuestros pecados personales.

Perseverar hasta el fin. Aunque formalmente no es uno de los primeros principios y ordenanzas del evangelio, perseverar hasta el fin es algo de lo que hablamos frecuentemente como SUD. Perseverar hasta el fin a menudo se entiende como apretar los dientes y resistir día tras día. Pero vivir la vida de este modo significa que nos olvidamos que existimos “para que teng[amos] gozo” (2 Nefi 2:25). Aunque la palabra perseverar o alguno de sus derivados se menciona veinticuatro veces en el Libro de Mormón y quince veces en la Doctrina y Convenios,  Debe haber algo más en el perseverar que lo que vemos en la superficie.  En realidad,  perseverar es la versión corta de la frase “perseverar con fe” que se usa cuatro veces en la Doctrina y Convenios (D y C 20:25,29; 63:20; 101:35). Por lo tanto, este principio nos lleva de regreso al primer principio, el cual es la “fe en el Señor Jesucristo.” Debemos perseverar en nuestra relación con el Salvador día a día sin importar lo que enfrentemos, porque Él es el mejor canal de Dios para la gracia.

Pero una parte de nuestro perseverar hasta el fin consiste en encontrar a Cristo en todos los lugares en que Él se pone a nuestra alcance, y el canal disponible más constante es el templo. Con frecuencia yo cambio perseverar a investidura. Perseverar con fe, pero para mí también significa investidura. La investidura es la revelación final del significado del Salvador en las vidas de los Santos de los Últimos Días. Los SUD que no aprovechen este canal especial de Cristo no son mejores que sus vecinos católicos o protestantes, porque el templo es el  símbolo definitivo de los Santos de los Últimos Días. Es allí en donde podemos estar en contacto más cercano con el Señor y también donde somos parte de la comunidad de los Santos ya sea vivos o muertos.

Para un Santo de los Últimos Días que dice ser miembro fiel de la Iglesia pero que no asiste al templo, si tiene la oportunidad, significa negar la fe que profesa. El discipulado no es tan solo profesar creer en Cristo sino también venir a Él en dondequiera que Él esté a nuestro alcance por medio del sacerdocio, y está a nuestro alcance en las ordenanzas de la Iglesia—el bautismo, la confirmación, la Santa Cena, las bendiciones—y particularmente en la investidura. Cristo nos ha pedido que, por medio de Él, vengamos al Padre, y el discipulado incluye obedecer viniendo al Padre en la forma que nos ha pedido. No hemos de venir solamente con fe y arrepentimiento sino de todas las formas que el Padre nos ha dado.

Se Satisface la Justicia de Dios

Con frecuencia los Santos de los Últimos Días decimos que la misericordia no puede robar a la justicia. Lo que estamos diciendo, junto con los otros cristianos, es que la ley de Dios se debe tomar en serio. No es suficiente decir que lamentamos haberla violado. Si se viola la ley de Dios, la justicia espera que se  imponga un castigo. Esta es la razón por la cual el arrepentimiento no es el primer principio del evangelio. Lo es la fe en el Señor Jesucristo. Quienes deseen que se quiten sus pecados no pueden arrepentirse solamente, deben venir a Cristo porque Él les quitará sus pecados. El arrepentimiento, en un sentido muy real, es una muestra de amor a Cristo, ya que de Su propia voluntad tomará sobre Si nuestras cargas. Permitir que Él lleve nuestras cargas y no agradecérselo con una vida cambiada de arrepentimiento y discipulado, sería rechazarlo y a Su don de gracia. Por lo tanto, cuando Él toma sobre Sí nuestros pecados, se satisface a la justicia. El Salvador ha cubierto sus requisitos.

Si nosotros recibimos con humildad la Expiación y en la forma en que se ha prescrito, usando el sacerdocio de Dios que se encuentra en la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días como el canal autorizado por el cual se hace efectiva la Expiación, entonces todo lo que el Padre tiene está a nuestra alcance. Podremos morar con el Padre en el reino celestial, revestidos con la perfección de Jesucristo y así llegar a ser más y más como el Salvador.

Sin embargo, si decidimos no recibir la Expiación mediante los canales que Dios ha señalado, si seguimos siendo orgullosos delante de Dios afirmando que nosotros sabemos mejor que Él cómo llegar a Su presencia, no recibiremos los efectos completos de la Expiación.      

Como se indicó más arriba, todos los cristianos creen que recibimos la Expiación mediante la fe y el arrepentimiento, y debido a que los Santos de los Últimos Días sostenemos que las ordenanzas del evangelio—efectuadas por el sacerdocio autorizado—son los canales esenciales de la gracia que todos deben experimentar, proclamamos el “más” del mormonismo a todas las personas cristianas y no cristianas por igual. Rechazar las ordenanzas salvadoras del evangelio es rechazar a Cristo, en parte cuando menos, y por lo tanto la Expiación no es del todo efectiva. Debemos pagar, parcialmente al menos, por nuestros propios pecados, y nunca podemos hacer lo suficiente para expiarlos.

La justicia se satisface, si deseamos sufrir por nuestros pecados, pero como nunca podemos quitarlos mediante las obras—aunque vayan acompañadas por la fe y el arrepentimiento, ya que Dios nos ha pedido que participemos de las ordenanzas de salvación—la plenitud de gozo no está a nuestro alcance. Podremos morar con Cristo y el Espíritu Santo en el reino terrestre, o morar con el Espíritu Santo en el reino telestial, pero la plenitud de gozo que se halla en la presencia de los tres miembros de la Deidad en el reino celestial no está al alcance de aquellos cuyo orgullo les impide venir al Padre en la manera que Él ha prescrito (ver la figura 2).

Conclusión

El vivir una vida mortal, sujeta a la muerte espiritual y a la muerte física, ha sido eternamente parte del plan de salvación para todos los seres humanos. Pero la mortalidad no se puede imponer sobre nadie, puesto que hacerlo así violaría la esencia eterna del albedrío. Por lo tanto, Adán y Eva decidieron, al igual que todos los seres humanos, ser mortales. Decidieron salir de la perfección y la seguridad del Jardín de Edén al trascender sus límites al comer del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. Por ese hecho, ellos y sus descendientes quedaron sujetos a la muerte temporal y a la muerte espiritual. Estos dos efectos son removidos incondicionalmente por la Expiación de Jesucristo mediante Su Resurrección y por la redención que Él efectuó, y ambas acciones nos llevan a todos a la presencia del Padre por medio de Cristo para ser juzgados.

Los pecados personales también son quitados mediante la Expiación de Jesucristo si es que estamos dispuestos a aceptarla utilizando los canales de gracia que ha ofrecido el Padre: la fe en el Señor Jesucristo, el arrepentimiento, el bautismo para la remisión de pecados a manos de alguien que posea la autoridad del sacerdocio, la recepción del Espíritu Santo, y perseverar con fe en Cristo por medio del   discipulado y al participar en las sublimes ordenanzas del templo, las cuales nos acercan más a Cristo.

Notas


[1].- Véase el escrito de Roger R. Keller: “Adam: As Understood by Four Men Who Shaped Western Christianity,” en el libro The Man Adam, editado por Joseph Fielding McConkie y Robert L. Millet (Salt Lake City: Bookcraft, 1990), páginas 151-188.

[2].- “The Shorter Chatechism,” en La Constitución de la Iglesia Presbiteriana (U.S.A.): Parte 1:  Book of Confessions (Nueva York: Office of the General Assembly, 1983), 7.001.

[3].- “The Westminster Confession,” en la Constitución de la Iglesia Presbiteriana, 6.016-6.020; 6.061-6.062; 6.064-6.067.

[4].- Existe un debate cortés entre los Santos de los Últimos Días sobre si la inteligencia de una manera genérica es eterna y se vuelve personal solo cuando el Padre viste las inteligencias con cuerpos espirituales o si las inteligencias individuales son eternas y están vestidas, en lo individual con cuerpos de espíritus. Creo que lo último es correcto, porque responde mejor a la pregunta del origen del mal, yace claramente en las puertas de los individuos. Dios no es el autor del mal, sino los individuos eternos. Truman G. Madsen dice: “Tu hilo autobiográfico retrocede a través del linaje de la Deidad y continúa con la unidad individual de "inteligencia", en ella, en miniatura, está la bellota de tu potencial roble, la imagen no esculpida de una personalidad glorificada.” (Eternal Man [Salt Lake City: Deseret Book, 1970], página 17).

[5].- Este punto de vista de naturaleza eterna de la materia y la energía está de acuerdo con las leyes de conservación de la materia y la energía, las cuales no pueden ser creadas ni destruidas, También está de acuerdo con la teoría de Einstein sobre la relación de la materia y la energía expresada en su famosa ecuación E=m2 . José Smith declaró: “Cualquier cosa que es creada no puede ser eterna; y la tierra, el agua, etc., tuvieron su existencia en un estado elemental, desde la eternidad.” History of the Church [Salt Lake City: Deseret Book, 1978], 3:387.

[6].- Lowell Bennion, The Religion of the Latter-day Saints (Salt Lake City: LDS Department of Education, 1940, página 55 de la re-impresión de 1956.

[7].- Hay cuatro relatos básicos de la creación: Génesis, Moisés, Abraham, y el que se da en el templo. En el resto del artículo esencialmente seguiremos el relato de Moisés, reconociendo, sin embargo, que la información adicional dada por el Espíritu en el templo no se puede declarar explícitamente sino que está detrás de lo que se diga aquí.

[8].- Dallin H. Oaks, “El Gran Plan de Salvación, Liahona, enero de 1994, página 85; énfasis agregado.

[9].- Karl Barth se acerca a esta perspectiva en su Church Dogmatics, editado por G. W. Bromiley y T. F. Torrence (Edimburg: T. & T. Clark, 1946-1962), II/2, 471,; IV/3, 478, aunque, según Herbert Hartwell, The Theology of Karl Barth: An Introduction (Philadelphia: Westminster Press, 1964(, página 111, Barth nunca abre esa puerta por completo. Pero como Barth rechaza cualquier concepto de sinergismo, es difícil ver cómo la salvación universal puede ser cualquier cosa menos un hecho (Church Dogmatics, II/s, 180 ff), ya que Cristo es el elegido y la única persona reprobada. Hans Urs von Balthasar, The Theology of Karl Barth (Nueva York: Anchor Books, Doubleday & Company, 1974), páginas 151-152, cree que la lógica de Barth conduce inevitablemente a la salvación universal,

[10].- Aunque las personas no sean cristianas pero traten de servir a Dios como Él se les haya dado a conocer pueden tener la tensión entre el bien y el mal en sus vidas. Generalmente dicen pueden  cerrar la brecha que hay entre ellos y Dios por medio del arrepentimiento. Los cristianos de todas las tradiciones creen que eso no es suficiente porque conocen a Cristo y por lo tanto saben que hay un salvador para ellos.

[11].- Véase el Catechism of the Catholic Church (Nueva York: Doubleday, 1994), sección 1259, página 352: Para los catecúmenos que mueren antes de su bautismo, su deseo explícito de recibirlo, junto con el arrepentimiento por sus pecados y la caridad, les asegura la salvación que no pudieron recibir por medio del sacramento.

[12].- Stephen E. Robinson, Believing Christ (Salt Lake City: Deseret Book, 1992).